Nigel Barley “El Antropólogo inocente”

El mundo está lleno de médicos, de arquitectos, de abogados, de economistas, que nunca tuvieron la intención de serlo, que iniciaron esos estudios universitarios más por tradición familiar que por iniciativa propia o inquietud interior. Las convenciones sociales obligan a que a determinada edad se haya de elegir carrera universitaria, y en la mayoría de las ocasiones, (como fue mi caso) el individuo no está preparado para tomar tal decisión, ya sea porque no ha descubierto la materia de la vida que le interesa, o porque no ha madurado suficiente como para tomar una decisión de tal envergadura. La responsabilidad de elegir un camino a seguir ahoga a cualquiera, sobre todo si visiona que esa decisión influirá en los sesenta o setenta años que aun desea vivir (siempre y cuando se lleve una dieta equilibrada, no ingiera alcohol, no fume, no tome drogas, no conduzca a más de 300 km/hora, no le siga la corriente al que se tira de un puente, o no escuche entero el Debate sobre el Estado de la Nación)

Mi abuelo fue un gran aventurero de los que ya no quedan. Se adentraba en una selva, llena de animales salvajes, de trampas colocadas por la naturaleza, y una semana después volvía con su equipo para informar al mundo de sus investigaciones, de lo que había visto, oído, saboreado, y tocado. Su hijo, mi padre, siguió la tradición y llegó a ser unos de los antropólogos pioneros de la civilización occidental. Salía de aventuras, en busca de tribus desconocidas y las estudiaba y comparaba sus formas de vida con las nuestras. Yo nunca fui una persona que mirase hacia el futuro y elegir una carrera universitaria suponía hacerlo. Vivía el día a dia, o mejor dicho, de noche en noche. Mi único pensamiento estaba en buscar una chica para cada noche. Por ello, cuando llegó la hora de elegir carrera universitaria, me dejé llevar. Seguí la tradición familiar, para no defraudar a mis padres, aunque eso supusiese defraudarme a mí, después de todo, no había pensado lo que quería.

Me matriculé en antropología sin saber exactamente que era aquello. Duré dos meses. Lo único que llegué a hacer fue comprarme los libros que recomendaron. Un lunes, a primera hora, el sonido de un megáfono interrumpió las explicaciones del profesor: ¡El Gran Circo de Milan había llegado a la ciudad!, para deleite de todos los que supieran apreciar la belleza del riesgo o la espectacularidad de la destreza.

Antes de seguir, me presento.
Soy conocido en medio mundo como…
¡PierLuigi Pirindelli!, domador de pulgas.

La clase había finalizado para mí. El coche y sus gritos se alejaron y el profesor continuó con su charla, pero mi mente viajó hacia el pasado. Recordé uno de los pocos días en que hice una excursión en familia, porque mi padre estaba con nosotros. Me llevaron al circo, que vi con fervorosa pasión. Fue uno de los días más felices de mi vida. Los saltimbanquis, los payasos, los malabaristas, pero sobre todo los domadores, me causaron tanta impresión que mi madre tuvo que aguantarme durante una semana preguntando sin parar que ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo! ¡cuando viene el circo!

Mis compañeros se burlaron de mí cuando propuse ir al circo. Fui solo. Disfrute como la primera vez del espectáculo, o más, porque descubrí a qué me quería dedicar el resto de mi vida. Quería ser circense.

Después de que el espectáculo se hubiera acabado me fui a la zona de las caravanas. Quería entrevistarme con cualquier que quisiera hacerme caso. Todos me ignoraron, estaban cansados después del espectáculo y no podían desperdiciar su tiempo con todos los que, al final de la función, creían haber encontrado su camino y habían decidido incrementar y formar parte de esa gran familia que era el Circo. Era lógico. Ahora sé que es lógico. En aquel momento, no entendí aquel comportamiento. Creí que estarían encantados de que alguien quisiera formar parte de su familia. Más tarde entendería qué significaba pertenecer a una comunidad, aceptar sus reglas, sus formas de comportamiento, etc. A pesar de los inconvenientes, yo seguí insistiendo esa noche, tratando de iniciar una conversación con cualquier de los habitantes de esa comunidad que era el Circo, que quisiera hablarme

Fue ya el al final de las caravanas y resignado a volver a las clases el día siguiente cuando mi vida cambió. Detrás de la última de las caravanas oí a un hombre rezar. Me extrañó que en el Circo hubiera un cura. Aún así, la curiosidad me llevó a mirar. Vi a un hombre mayor, agrietado por la edad, que rezaba una oración dirigiéndose a la tierra. Me resultaba conocido. Su grisácea figura que despistó en un inicio. Fue al terminar la oración, con un “Adiós, amiga”, parecido al “Adiós, amigos” que dijo en el espectáculo, cuando le reconocí: era el domador de pulgas. Se despedía de alguna de sus amigas, que habría muerto esa noche y le daba un último adiós, enterrándola.

Su función me había impresionado. Era increíble la cantidad de cosas que habían aprendido a realizar las pulgas. Aquel domador era un genio y yo, lo iba a consolar. Estuve junto a él toda la semana que el circo permaneció en mi ciudad. Nos hicimos grandes amigos. Me confesó sus inquietudes, que ya era un viejo, que deseaba retirarse y que sus pulgas iban muriendo una a una, como su espectáculo, que cada vez que moría alguna se iba mermando por reducir el número de trucos que podrían realizar. Yo le confesé mis inquietudes, mis deseos de vivir la vida de circense y que muy honrado estaría de que él me enseñara todos sus trucos para que sus sapiencias no muriesen.

Muy serio me dijo: “Si de verdad quieres, con las pulgas a vivir te fueres”

Y así fue como se inició mi vida. Durante una semana conviví con una comunidad de pulgas en un bosque a las afueras de la ciudad. Resultó que aún no siguiendo directamente los pasos de mis antepasados, ejercí durante una semana como antropólogo pues hube de aprender a responder a muchas preguntas: ¿Cómo viven las pulgas? ¿Cómo se relacionan? ¿Cómo se reproducen? ¿De que se alimentan? ¿Cómo influye la religión en sus vidas?, preguntas estas, y muchas más, que suelen formularse los antropólogos cuando realizan trabajos de campo.

La única premisa y consejo del antiguo domador de pulgas fue que viajara sin mi pasado. No podía llevar nada salvo mi interés por conocer el mundo de las pulgas. Sabedor de que lo que iba a hacer era un trabajo antropológico y sabiendo como sabía, por tradición familiar, que ese podía ser un trabajo muy aburrido, contradije a mi maestro y me llevé un libro, que aún siendo una recomendación universitaria, resultaba atractiva.
Algunos de los que lo habían leído antes que yo llegaron a afirmar que “Probablemente el libro más divertido que se ha publicado este año. Nigel Barley hace con la antropología lo que Gerald Durrell hizo con la zoología” y otras críticas tan entusiastas como “Pocas veces se habrán visto reunidos, en un libro de antropología un cúmulo tal de situaciones divertidas, referidas con inimitable humor y gracia y una competencia etnográfica tan afinada, como los que Nigel Barley ofrece en esta minuta de su trabajo de campo entre los dowayos”, e incluso recibi criticas favorables de compañeros de clase que ya la habían leído “Es muy divertida” o “Mola” o “Inluso sabiendo lo mal que lo ha pasado, lo cuenta de tal manera que incluso resulta atractivo para cualquier que haya leído el libro visitar el país de los Dowayos“.

“El antropólogo inocente” es el título de ese libro, y es el relato, real, de un antropólogo, Nigel Barley, que decidió abandonar durante un tiempo la vida académica de la universidad para realizar trabajo de campo, es decir, vivir durante un tiempo con un pueblo, estudiar sus formas de vida y convertirse en un antropólogo de verdad.

El libro, aún siendo una crónica, bien pudiera considerarse como un relato, pues no hay tecnicismos, sino un lenguaje muy cercano a la novela. La inicia con una burla hacia el mundo académico y hacia la búsqueda de ese pequeño pueblo, con el que debería convivir durante un tiempo para cumplir ese objetivo de todo antropólogo de realizar trabajo de campo. Sus pies le llevan al poblado de los Dowayos, una comunidad de la que prácticamente nadie sabía mucho, en un recóndito lugar de Camerún.

Los primeros problemas surgen ya al inicio de la aventura, pues la burocracia africana de 1978 es peor de lo que pudiera alguien imaginarse al sufrir la burocracia europea, por lo que tarda algunas semanas en conseguir los permisos necesarios para poder trabajar con tranquilidad sin que las autoridades le pongan impedimentos. Este primer incidente le ayudará a empezar a conocer la vida en África, tan diferente, no por lo que puedan comer, o por las costumbres, sino por la propia forma de entender la vida. Allí, el termino tiempo no posee las mismas connotaciones que en Europa. No deben saber lo que significa el estrés. Eso le permite al autor soltar algunas ironías propias del inglés que sufre dentro.

Las primeras semanas con los dowayos serán duras, por la dificultad de aprender el idioma, requisito indispensable si se quiere conocer un pueblo en profundidad. Como es lógico, dará lugar a mal interpretaciones que Barley no avergüenza en ocultar, porque además, le sirvieron para comprobar que era un pueblo que poseía bastante humor, muy diferente a la fama de salvajes que arrastraban, por aquello de que no se les conocía (y ya se sabe que cuando desconocemos algo, tendemos a infravalorarlo, a criticarlo, a considerarlo peor de lo que son y de lo que somos nosotros por miedo a que nos hagan daño)

Uno de los aspectos que más le impactó fue comprobar uno de los tópicos de los pueblos primitivos, que eran incapaces de plantearse suposiciones, aunque siempre llegó a dudar de que solo fuera una cuestión de limitación lingüística. Por ejemplo, transcribo un parrafo:
– Si usted tuviera una hermana que se casara con un hombre ¿Cómo se llamaría…? -empezaba yo.
– No tengo ninguna hermana.
– No, pero si la tuviera…
– Pero no la tengo. Tengo cuatro hermanos.
También le surgían las mismas dudar al realizar preguntas del tipo ¿Qué ocurriría si haces tal cosa?, siempre les respondía con: “Como lo voy a saber antes de hacer tal cosa, para saber que ocurrirá, tendré que hacerlo”

Con el tiempo, Barley tratará de responder a las mismas preguntas que me hice yo cuando conviví con las pulgas, de que se alimentaban (relata una divertida anécdota cuando trata de plantar lechugas para hacerse ensaladas y contrata a un dowayo para que lo haga), como se reproducen (ahora no es momento de explicar como se hacen los niños, pero como nota curiosa resaltar que las mujeres dowayos no suelen saber como son los organos genitales de sus hombres) (por fin un pueblo donde de verdad, el tamaño no importa), las fiestas de circuncisión, en la que todo niño debe sufrir para convertirse en un hombre o los rituales del brujo para conseguir que la lluvia cayera sobre sus tierras.

El relato de estos hechos, de las preguntas y las respuestas, va siendo alternados con cierta agilidad con los muchos inconvenientes que sufrió durante su aventura, como cuando tiene un accidente de coche y se rompe los dientes, debiendo acudir a la ciudad en busca de un dentista que luego no lo era, o las conversaciones con el jefe del poblado dowayo, que siempre estaba borracho (quizá por eso conectó tanto con el jefe, por al verlo casi siempre borracho creyó ver a un compratriota) , o los innumerables intentos para que el brujo le mostrase las piedras con las que lograba hacer que lloviera.

No me atrevo a afirmar que sea el libro más divertido que me haya leído, porque si bien es un libro entretenido, no es de humor, ni de risas, ni de carcajadas. No hay que olvidar que es un libro de antropología donde el autor vuelca sus investigaciones, y aun siendo atractiva su lectura, hay un halo de seriedad del que no se aleja y no debe hacerlo, poseyendo una parte aburrida hacia el final del libro que reduce la valoración final.

Leer un libro de estas características suelen suscitar más preguntas que respuestas, y la más inmediata es ¿por qué un pueblo vive como lo hace sabiendo que existen alternativas mejores? La única respuesta a la que llegué fue que, aún existiendo mejores alternativas, cada uno vive como lo que es, y aunque mi vida hubiera sido mejor, como antropólogo (comería todos los días, bien, viviría en una buena casa, incluso podría tener hijos), la vida me había llevado hacia ese camino, mi camino como Domador de pulgas, como el pueblo Dowayo había seguido su camino Puede que llegue a evolucionar y cambien su forma de vida, o no, pero para eso, deberé leer otros libros de otros pueblos, algo, que de momento, no puedo, pues bastante tengo con saber que mi pueblo, mi comunidad de pulgas, está desapareciendo, como lo hizo la comunidad de pulgas de mi maestro, pero por diferente razón. El mundo ha evolucionado de tal forma que ya no hay sitio para un Circo de pulgas. La Comunidad del Circo, con sus costumbres y tradiciones, muere poco a poco, porque han surgido otras comunidades más atractiva (¡¡¡Maldigo al Circo del Sol!!!) Quien sabe si en el futuro la comunidad dowaya también desaparece, o incluso lo más inverosímil, que el mundo occidental y el oriental acaben sucumbiendo a las costumbre dowayas. Sería un capricho más del tiempo, que al igual que provocó que pareciera que los dowayos se hubieran retrasado en el tiempo, podría suceder que evolucionar tan rápido que a partir de ahora y en pocos años todos viviéramos como los dowayos…

Trato de responderme a esa pregunta ¿Cómo viviríamos si los dowayos exportasen sus formas de vida y nosotros las empleáramos?
Pues, ahora mismo no lo sé. Para saberlo, tendría que ocurrir eso.

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