Anatomia de la Agresivida humana.

No lo pude evitar. Yo era la más guapa, todos lo decían, todos lo dirían. Y no gané, ganó ella. Cuando la vi agarrándose la corona de Miss para que no se le cayera, deseé matarla, y vaya si lo intenté.

Dos días después de la ceremonia, íbamos a ser entrevistadas en un programa de televisión. Ella como Miss, yo como Dama de Honor. Había salido de la sala de maquillaje. Al ser la Miss tenía preferencia. La maquilladora, ya en la intimidad, me confesó que no entendía como podía haber ganado ella, si yo era más guapa, si casi no era necesario maquillarme de lo hermosa que soy. Uno de los regidores llamó a la puerta. Me anunciaba que debía ir a la sala de espera porque saldríamos en el próximo bloque.

Para llegar a la sala de espera debía bajar unas escaleras. Miss Enchufada hablaba por teléfono, aún no había bajado.
Miré a un lado, miré a otro. No había nadie.
– ¡Llamad a un ambulancia! -oí unos segundos después -¡que Miss España se ha caído por las escaleras!

Unos días después, en mi primer día libre, fui consciente de lo que hice. ¡Había lanzado a una persona escaleras abajo! ¿Desde cuando era yo una persona violenta? ¿Desde cuando buscaba obtener beneficios arrasando con todo lo que se me pusiera por delante? ¿Se me podía comparar con los asesinos que vivían en las cárceles, con los maridos que mataban a sus mujeres, con los que violaban, etc? Había realizado un acto violento, sí, lo había asumido, pero ¿era una mala persona? ¿sufría algún tipo de trastorno mental que me hubiera obligado a actuar ajena a mi voluntad, a mi sentido común? ¿me estaba echando a perder, con lo hermosa que era?

Decidida a obtener una respuesta, (y un perdón hacía mi misma) (porque la investigación policial no había encontrado pistas que me inculpasen. Como iba a bajar unas escaleras, me había quitado los zapatos de tacón de aguja y Miss Cuello Roto no oyó a nadie acercarse. Incluso declaró no estar segura de haber tropezado o ser empujada), traté de buscar información al respecto.

Un error en el suministro eléctrico del hotel en el que me hospedaba impidió que hubiera conexiones a Internet. No pude conectarme a Google. Y el mundo se me cayó encima. ¿Dónde podría obtener una información de algo si no se podía acceder a Google? Pensé, Google no ha existido siempre, seguro que mis antepasados buscaban información de algún modo. Llamé al servicio de habitaciones.
– Oiga ¿Sabe cuando van a reestablecer el suministro eléctrico?
– Estamos trabajando en ello? -su tonillo a lo Texano me hizo gracia.
– Oiga, es que necesito informarme sobre un tema en particular, y como no hay suministro eléctrico, no hay Internet.
– Ah, en ese caso le sugiero que vaya a la Biblioteca. Está a un par de manzanas de aquí.
– ¡Ah!, gracias -aunque me quedé como estaba.

La Biblioteca. ¿Qué era una Biblioteca? No sabía que era una biblioteca. No me alarmé, no había problema, pensé, me metería en Google y lo averiguaría. ¡Mierda!
Después de varios minutos observándome en el espejo recordé. En la escuela de modelos tuvimos una excursión muy aburrida a algo que llamaron La biblioteca. Si, era cierto, aquel lugar donde nos llevaron, para saber donde podríamos obtener información sobre Rusia, se llamaba biblioteca. Ahora lo recordaba todo, las bibliotecas eran lugares donde había libros. ¡Ja!, para que luego digan que las rubias y guapas somos tontas.

En mi vida pensé que pudiera haber tantos libros. ¿Para que escribir tantos libros si no da tiempo a leerlos todos? Menudo desperdicio de tiempo y de dinero. Aunque supongo que es como la Sombra de ojos azul celeste, tiene que haber de todo. Le pregunto a un bibliotecario sobre libros que hablen sobre la violencia y el muy zoquete me recomienda uno titulado “Anatomía de la agresividad humana”
– Pero ¿usted se cree que yo necesito saber algo de Anatomía con el cuerpazo que tengo? -había oído anatomía y salté sin haberle oído terminar el título.
– Anatomía, sí, me repitió, pero de la agresividad humana, un libro que trata de analizar hasta qué punto las tendencias agresivas son destructivas o si la agresividad es hereditaria o si los hombres recurren a ella con más facilidad que las mujeres, o si los niños son inocentes y bonachones o si existen formas normales o patológicas de la agresividad, etc.
Otro bibliotecario igual de guapo, que estaba junto al primero, se ofreció a buscarme el libro, un acto que le reprochó el primero, unas palabras que le sentaron mal al segundo, y que tuvieron repercusiones en el hombro del primero, porque recibió un empujón del segundo que obtuvo una respuesta, una bofetada del primero. Después de ello, se enzarzaron en una pelea por buscarme el libro. Otro bibliotecario, no tan guapo como los dos primeros, tuvo el tiempo suficiente de ir a la estantería y traerme el libro mientras los otros dos se pegaban.
– Gracias -le dije -¡Ala….! ¿voy a tener que leerme ese libro tan gordo?
– Pues si quiere ver algo igual de gordo….
A punto estuve de arrearle yo también un puñetazo para que todos los bibliotecarios estuvieran calentitos, pero me había prometido no hacer mal a nadie nunca más y pude contenerme.

Llegué a la habitación del hotel y comencé a leer.

Tras la lectura puedo afirmar que la idea que subyace (¿he usado el verbo subyacer?, ¡vaya!, esto de leer incrementa el vocabulario), es la de no excluir los actos violentos del comportamiento humano y no tratarlos como una enfermedad, (como muchos retrógrados afirmaban hace años de la homosexualidad), sino que forma parte de la propia condición humana. Todas las personas somos capaces de realizar algún acto agresivo, ya sea la de asesinar a alguien, tirar a alguien por la escalera, pegar un puñetazo a nuestro jefe, escupir a un cliente desagradable y arrogante o matar una molesta mosca mientras confesamos a nuestros fieles, ya que buena parte de ello se debe a condicionantes biológicos, y otra a los condicionantes sociales. Solo es necesario que salte ese resorte, eso que algunos llaman paciencia, para que le hagamos pupita a alguien. La agresividad es una cualidad que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas, de nuestra Historia, y no hemos podido o querido renunciar a ella para dirimir nuestros conflictos, aunque hayamos inventado muchos métodos alternativos para dilucidar conflictos.

A lo largo del libro, va respondiendo a una serie de preguntas como: por qué surge la violencia y por qué la usamos para conseguir nuestros objetivos, (como los bibliotecarios, que luchaban por quien lograr al bellezón que tenían delante), por qué unos individuos son más propensos a utilizarla que otros; en qué medida su uso está condicionado a lo que somos (estudios revelan que dependiendo de que sustancias químicas tengamos en el organismo, más proclives seremos a la utilización de violencia, si es hereditaria etc,.

Me he perdido un poco cuando analizaba cómo influyen determinadas hormonas en nuestro cuerpo, como los andrógenos, la vasopresina la noradrenalina, etc. Porque básicamente, la única que conocía hasta el día de hoy eran las l-casei-munitas de los Actimel. Asimismo, los capítulos referentes a la violencia infantil, con el típico ejemplo del acoso escolar, y el capítulo en que enfrentaba a hombres y mujeres a fin de saber qué genero es más propenso a la violencia, me han resultado bastante prescindibles. Si bien, no porque no fueran necesarios para exponer el tema, era de obligado estudio si quería ser riguroso, sí que son temas en los que es difícil sacar conclusiones originales, planteamientos e ideas que no hayamos oído ya, o que no hayamos sido capaces de llegar cualquiera de nosotros.

Gratificantes han sido varios ejemplos de casos excepcionales dentro de la neurología, como la historia de un hombre, que, a pesar de haber sido atravesado su cerebro por una barra, logró sobrevivir, y aunque pudo llevar una vida normal, su forma de comportamiento fue diferente. O ejemplos parecidos pero diferentes con niños, lo que le ayudó, al autor, a dar su particular punto de vista sobre si la violencia es un acto innato o aprendido. Todo ello, estos ejemplos, y el resto de temas, los analiza desde un punto de vista científico y no filosófico, luego para poder profundizar en el tema y completar mi punto de vista, me vendría bien una recomendación literaria más filosófica.

El libro emana un tufillo determinista que, aunque es cierto que me gusta porque alimenta mi ego, ya que da a entender lo que yo intuía pero mi ignorancia era incapaz de explicar con palabras (creo que voy a dejar de teñirme el pelo para no ser rubia) y es gratificante coincidir con las opiniones de un científico, si que me molesta que pueda entenderse que nuestros actos no son fruto de nuestra voluntad aunque la racionalicemos, sino que en cada una de nuestras decisiones o nuestros actos, el resultado de lo que decidamos o hagamos, esté condicionado por cientos, miles de variables que no podemos analizar y que por ello creamos que son fruto de nuestra voluntad. Aunque en cierto modo, esto último responde al objetivo para el que me leí el libro, he obtenido mi respuesta.

Quiero concluir esta exposición con la satisfacción de saber que mi pequeño acto agresivo, con casi ninguna consecuencia para nadie, solo tres días con un collarín puesto, no es consecuencia de un proceso degenerativo por mi parte. Que ha sido un acto excepcional (excepcional de excepción no de grandiosidad, porque es imposible prescindir de la violencia en su totalidad) que procuraré que no ocurra más ya que no deseo convertirme en ninguna asesina en serie como Charles Manson. Aunque si luego hicieran un película basada en hechos reales….

…¡Ya lo estoy viendo! Me interpretaría a mi misma, y ganaría un Goya y dirían de mi que era la actriz más guapa de todas….

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